Una de mis premisas con este blog es ir dejando aquí mis memorias más relevantes, esas que han permanecido en mis recuerdos a través del tiempo. Y he decidido empezar con esta: la vez que tuve que superar una serie de obstáculos para salir airoso de mi primer año de bachillerato.
Cuando ingresé al liceo, el cambio fue abrumador. Venía de una infancia marcada por la inestabilidad emocional de mi madre y la necesidad constante de mediar en conflictos familiares. Mi mente buscaba sosiego, no estaba preparada para concentrarse en los estudios. Apenas si tenía tiempo para mí mismo, mucho menos para enfocarme en las actividades escolares. Al llegar a un sistema nuevo, con materias impartidas por distintos profesores, evaluaciones puntuales y un esquema más rígido, simplemente no estaba preparado.
El golpe no tardó en llegar: en el primer lapso, de doce materias que debía aprobar, once quedaron aplazadas. No solo era que no pasaba las asignaturas, mis notas estaban muy por debajo del 10 de 20 necesario. A ojos de mis profesores y hasta de mi propio padre, repetir el año parecía inminente. No lo pensaban por la dificultad objetiva, sino porque estaban convencidos de que yo no tenía la capacidad para lograrlo. Y era lógico: después de reprobar casi todas las materias en el primer lapso, y sabiendo que en la experiencia común de los profesores los alumnos en esa situación siempre repetían, la imagen que se formaba de mí era la de un muchacho destinado al fracaso.” Claro, casi nadie entendía el contexto real de mi vida.
Recuerdo a la profesora Blanca de Blanco, una profesional my destacada en el liceo y que siguió de cerca mi trayectoria, era directora de seccional. Se reunió con mi padre varias veces para conversar sobre mi estatus. Estoy seguro de que le insinuó a mi papá que empezara a aceptar la idea de que yo repetiría el año. Que un muchacho salve el año luego de haber raspado 11 de 12 materias el primer lapso, no tenía precedentes.
Pero yo no era simplemente uno más de los estudiantes de aquel pueblo en medio de la nada. En un momento en que comenzaba a experimentar la pubertad, surgieron —o tal vez se consolidaron— las características mentales que me acompañarían por el resto de mi vida. Características cuya aparición aún me resulta un misterio: no estaban en mi entorno familiar inmediato.
Entonces empecé a pensar.
Tenía que ordenar el caos. Fue el inicio de lo que, con los años, reconocería como mi manera natural de enfrentar la vida: analizar, priorizar, decidir y actuar.
Impuse disciplina. Dividí mis días y me propuse mejorar materia por materia, sin intentar abarcarlo todo de una vez. Al final del año, contra todo pronóstico, había salvado la mayoría de las asignaturas. El desastre inicial ya no era total, pero me quedaron cuatro materias pendientes para reparar: Biología, Historia, Inglés y Educación Física.
Curiosamente, Matemática —el dolor de cabeza de tantos— nunca representó un problema para mí.
Empezó el verdadero reto, no solo académico sino existencial. Allí comprendí que el camino era decidir con frialdad dónde poner el foco.
La dinámica de la situación.
Podría pensar que lo que hice no fue tan difícil, pero en ese momento no era lo habitual. Para empezar, el ambiente general de aquel pueblo y su gente no era estimulante, te invitaban más a usar tu tiempo para la distracción. Y como si fuese poco, mi vida no ayudaba para nada, mi entorno familiar, como ya he mencionado, me empujaba hacia la búsqueda de sosiego.
Lo que ocurrió es que mi mente se mueve como pez en el agua cuando se le plantea un enigma, eso fue imprescindible para captar la atención e interés en lo que tenía que hacer. Me puse en marcha porque, más allá de la necesidad, disfrutaba del proceso. Descubrí que estoy orientado a los resultados, me apasiona determinar el problema real de una situación, definir el objetivo específico y planificar.
Entonces qué hice:
Entender el problema, determinar el objetivo y reducir la complejidad.
Necesitaba pasar de año, eso era todo.
Normalmente conociendo al muchacho promedio, lo que habría hecho es darle unas hojeadas a los libros y esperar a tener algo de suerte en los tres exámenes. Eso hubiese sido un fracaso garantizado.
En mi caso lo que hice primero fue evaluar. Identifiqué que Inglés era un obstáculo insalvable en aquel momento. No comprendía aún la lógica de otro idioma, y el esfuerzo que requería era desproporcionado frente al beneficio. Si dedicaba tiempo a esa materia, ponía en riesgo Historia y Biología, que eran las llaves para salvar el año (ya lo explicaré). Decidí no estudiar inglés. Fue una renuncia consciente, un ejercicio puro de análisis de riesgo: aceptar una pérdida menor para garantizar una victoria mayor.
Educación Física fue otro caso parecido porque sabía que no debía haberla aplazado. El problema había sido un conflicto previo entre el profesor y mi hermano, que me salpicó a mí. Decidí no gastar energía allí. Confié en el razonamiento lógico: el mismo profesor, frente a la mirada de la directiva y la conversación previa que había tenido mi padre con ellos, no repetiría la injusticia.
Entonces al descartar Inglés y Educación Física, reduje mi carga a la mitad.
El dato que lo resuelve todo.
Biología e Historia fueron el centro de mi estrategia. Tenía en mis manos los libros completos de ambas materias y la confirmación de que las preguntas del examen saldrían de allí. Ese era el dato clave. Las llaves que ellos mismos me daban para abrir las puertas. Solo tenía que tomarlas y usarlas.
Diseñé un plan meticuloso: dividir capítulos de los libros por días, temas por horas y conceptos en cuotas de minutos, repasando constantemente lo aprendido. Recuerdo como medía el tiempo con un reloj, he iba constatando que tenía en memoria la cuota de conceptos acordada. Cada jornada cumplida era una pieza más que garantizaba que, llegado el examen, tendría el control absoluto del contenido.
Los resultados
Para con los exámenes de Historia y Biología, entré al aula con la seguridad de quien sabe que no depende de la suerte: la aprobación estaba garantizada. El resultado fue contundente. Pasé ambas con solidez.
Resolví Educación Física gracias a la lógica. Me presenté a la evaluación, cumplí con lo requerido y recibí un 10, lo justo para aprobar. La misma nota confirmaba el sesgo que me había afectado durante el año.
Y llevé Inglés como arrastre al año siguiente, lo cual estaba permitido. El objetivo principal estaba cumplido: había pasado de año. No recuerdo bien si llegué a ir al examen de Inglés, no tengo memoria ni recuerdo de haber asistido. Creo que no fui, y que más bien necesitaba de ese día para los estudios de Biología e Historia.
Objetivo cumplido, pasé de año
Nadie lo había visto venir. Profesores y compañeros daban por hecho mi fracaso. Incluso mi propio padre, que siempre me apoyaba, había dudado. Pero yo demostré que, frente a una crisis, podía diseñar un camino al diferente al que lleva al desastre.
Decision Sciences + Filosofía práctica + Crisis Management
Ese episodio no fue solo un logro académico. Fue la primera vez que confirmé que mi mente funcionaba de una forma particular: ante el caos, soy capaz de analizar, reducir la complejidad, priorizar lo esencial y actuar con disciplina.
Hoy lo entiendo como mi primer entrenamiento consciente en la vida real. La Historia y Biología que memoricé ya están olvidadas; lo que realmente experimenté fue a como mirar los problemas como sistemas, aceptar que no todo se puede ganar, distinguir lo esencial de lo accesorio y entender en que un plan bien ejecutado puede transformar lo muy difícil en lo totalmente factible.
Experiencias como esta han marcado mi vida, y hoy me encuentro estudiando la literatura científica detrás de ellas. Temas como la ciencia de las decisiones, la filosofía práctica y el manejo de crisis estuvieron presentes desde ese episodio decisivo de mi juventud.
Nota
Escribo esto para dejar constancia de que fue algo que ocurrió. También porque quiero dejarlo plasmado en alguna parte aparte de mi memoria. Ahora este hecho está escrito aquí y no solo es un recuerdo bastante viejo de mi vida.